La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

Mitología de Erthara

De la Creación de Erthara y la llegada de los Dioses

Antes de que Teres, El Mundo, fuera tal y como lo conocemos hoy, y mucho antes de que Elfos, Hombres, Enanos o incluso Caballeros Dragón lo poblaran, había en su lugar una gran roca desnuda y oscura llamada Taris, La Gran Nada.

Y al principio Taris vagaba inexorablemente en Tiono, El Gran Vacío. No había ni noche, ni luz, ni luna, ni estrellas. Sólo eran La Gran Nada, y en torno a ella, el Gran Vacío.

Pero un día, sin embargo, Tiono se iluminó levemente. Al principio era una luz tenue, etérea, casi intangible, pero poco a poco se fue convirtiendo en dos pequeñas esferas de energía brillante. Una de ellas emitía un intenso resplandor de color azul, y la energía que ondulaba en su superficie como si de un gran mar luminoso se tratara. La otra, algo más grande que la anterior, resplandecía con salvajes olas de color rojo que estallaban y chisporroteaban al romper sobre sí mismas.

Permanecieron así un tiempo, girando sin rumbo determinado en torno a Taris, hasta que finalmente ambas esferas chocaron entre sí y fue entonces cuando la enorme explosión liberó la energía tanto tiempo contenida, y se derramó sobre Taris, y todo el Vacío tembló.

Fue en Taris, tras la Explosión, donde despertaron Los Primeros Hermanos. Los Dioses del Equilibrio, la Vida y la Muerte.

Y primero La Vida despertó, abrió los ojos y sonrió al mundo desierto que se extendía bajo sus pies y dijo: “He aquí el lugar donde he de crear”. Y al volver el rostro, observó a su hermano, La Muerte, que despertaba entonces. Y él le respondió: “Pero todo lo creado ha de tener un final”.

Así fue como Eda, Diosa de la Vida, y Ades, Dios de la Muerte, comenzaron a crear el Mundo tal como hoy lo conocemos.

Y juntos crearon a Adae, la Diosa de la Tierra, y con ella construyeron los valles más profundos y las más altas montañas. Y junto a ella, Ineo, El Gran Forjador, Señor de la Fragua, quien hizo brotar volcanes, y descubrió las vetas de los distintos materiales de los que estaba formada la tierra.

Rion llenó los cielos de nubes y trajo con él los vientos del Sur, del Norte, del Este y del Oeste. Y por encima de él, Ireia iluminó el cielo de la noche con incontables estrellas.

Y Ales, El Gran Navegante, formó las Grandes Aguas cuyas olas espumosas acariciaron la tierra reseca. Y Ariada, la Doncella de los Ríos, descendió desde las montañas creando ríos y arroyos que la unieran a su Señor.

Así se fue creando Teres, el Mundo.

Del Sol y la Luna, y la Huída de la Noche

Fue entonces, con la creación del Mundo a punto de completarse, cuando Eda decidió que todo aquél Mundo debía llenarse de vida. Y creó a Ereo, Señor de los Animales, quien debía ayudarla en aquella tarea. Y juntos crearon a todos los seres vivos que pueblan el Mundo, animales y plantas, algunos se elevaron sobre los cielos llevados por los vientos de Rion, y otros en cambio se sumergieron bajo las aguas de Ales y Ariada. Y muchos más se extendieron sobre la tierra, cubriéndola de verde.

Y Eda y Ereo se amaron, pues su alma era igual, y su corazón el mismo. Y juntos tuvieron un hijo, Edes, el Sol, Dios de la Guerra y el Fuego Ardiente.

Pero Ades estaba solo. Y su corazón también ansiaba un alma igual para amarla, y tener su propia progenie. Y Eda se apiadó de su hermano, y juntos crearon a Alanta, Diosa de la Oscuridad y de la Noche. Y Ades sintió alegría en su corazón, pues ella era su igual.

Sin embargo, el destino de Ades siempre fue La Muerte, y por eso mismo estaba condenado a no tener progenie propia. Y cuando finalmente, apelando a todo su poder, sembró su semilla en el vientre de Alanta, sembró a su vez el mal en el Mundo.

Alanta enfermó. El embarazo comenzó a consumirla por dentro. Su piel era cada vez más pálida, y sus ojos comenzaron a apagarse. No podía siquiera estar en presencia de Edes, y huía de su mirada de fuego buscando rincones oscuros, ocultos, en las cuevas más recónditas de las montañas.

Así pasaron los meses hasta que finalmente ella tuvo que dar a luz. Y lo hizo en medio de grandes dolores, pues sólo Eda era capaz de dar vida sin dolor. Y de su vientre surgió un ser deforme, de piel pálida y ojos rojos, y su lengua era como la de una serpiente. Así fue como Anteon llegó al Mundo, y con él todo el Mal que habría de venir después.

Y Ades miró a su hijo y en su corazón lo rechazó. Y en ese momento intentó acabar con su sufrimiento para siempre, y también con el de su esposa. Pero fue entonces cuando Alanta perdió totalmente la razón, y maldijo a Ades por su dolor, y por rechazar al hijo que con tanto sufrimiento le había dado. Y maldijo a todos los dioses, jurando que algún día ella y su vástago acabarían con todo aquello que ellos habían creado, con todo lo que amaban.

Y la luz abandonó sus ojos para siempre, creando un punto de luz sobre la noche, y huyó con su hijo en los brazos, para perderse en los mundos subterráneos de Teres.

Pero Eda se entristeció, porque la noche pasaría desde aquél momento a ser propicia al miedo, cosa que antes no habían conocido. Y tomó la luz que había abandonado a Alanta, y le dio vida. Y así creo a Iria, La Luna, Diosa de la Luz y el Fuego de Plata, para que iluminara la noche.

Ades, entristecido, buscó refugio en la soledad. Pero Eda se apiadó nuevamente de él, pues era su hermano, y usó su poder para crear a Elea, la Diosa del Conocimiento y la Justicia, para que fuera su compañera y con él juzgara a todas las Razas Mayores. Y se dice que él la amó desde el momento en que la vio. Pero todavía entristecido por su destino, se juró a sí mismo ocultar sus sentimientos y conformarse con observarla de lejos.

De las Grandes Razas

Se dice que Eda encargó a los Dioses la creación de tres de las cuatro Grandes Razas que habrían de habitar Teres. Sin embargo, cuando todo estuvo hecho, y antes de dotarles de la chispa de la vida, Eda las modificó de acuerdo a su propio criterio, si bien conservaban la esencia de aquél que las había creado.

Así fue como surgieron los Hombres Dragón de Rion, los Hombres de Ales y los Enanos de Ineo, pero también los Elfos creados por Ireia. Todos ellos eran en esencia mortales; sin embargo, cada uno de ellos poseía también las características que sus creadores les habían dado.

Para todos ellos la muerte estaba presente puesto que en ello precisamente se hallaba el Equilibrio. Y todos ellos, en el momento de la muerte, deberán someterse al Juicio ante Ades y Elea, quienes juzgarán en función de las acciones de obra y espíritu que hubieran tenido en vida.

Y se dice que para aquellos que no logran pasar el Juicio, deben pagar con edades incontables en el Gran Vacio de Tiono, hasta que todo el mal de Teres sea curado.

Pero en cambio los espíritus que son favorecidos en el Juicio abandonan Teres para siempre, para morar con los dioses en Ishana, La Estrella de los Dioses. Allí, cada una de las Grandes Razas habita con los suyos en su propia ciudad, disfrutando de la la armonía y la paz en una tierra que no ha conocido mal alguno.

De los Caballeros Dragón de Nenshâr

El Mundo estaba completo. Y así fue que un día Eda reunió a todos los Dioses y les dijo:

- Ahora crearemos aquellos que han de forjar el destino de Teres. Cada uno de vosotros creará a su propia raza a vuestra imagen y semejanza, y entonces yo les daré la vida.

Y los Dioses se sintieron inquietos, pues sabían que aquella tarea era la más difícil que habían abarcado nunca antes.

Pero Rion se sintió complacido, y acometió la tarea con gran ilusión, y puso en su obra todo aquello que amaba. El fuego de las estrellas de Ireia, y la fuerza de los vientos. Y como acometió la tarea con más ímpetu que ninguno, fue el primero que terminó su obra, y la presentó a Eda diciendo:

- Gran Madre, he aquí a tus hijos mayores, los Hombres Dragón que protegerán los cielos.

Y Eda examinó al primer Dragón detenidamente. El cuerpo era como el de un gigantesco reptil con escamas de oro, lo mismo que sus enormes alas de murciélago. Pero sus ojos eran rojos como el fuego que palpitaba entre sus enormes fauces.

Entonces la Diosa se volvió hacia Rion y le dijo:

- Has creado una gran Raza con poder para Reinar en los Cielos de Teres. Pero no ha de ser así, Rion.

Y el Dios del Aire observó asombrado como el Dragón cambiaba de color, y era del color de la arena del desierto, y sus alas desaparecieron, y sus ojos se volvieron amarillos.

- He aquí que muchos de ellos vivirán en tierra, y bajo ella, allí donde Ineo sea el Señor.

Y entonces el Dragón volvió a cambiar, y su color era de un verde azulado como el mar, y sus ojos eran de un color verde esmeralda, y sus alas emplumadas de colores azules, verdes y amarillos.

- Pero muchos de ellos se sumergirán en las Grandes Aguas, y allí vivirán junto a su señor Ales.

Y muchas otras formas cambiaron, creando incluso dragones menores, más pequeños, y menos poderosos. Y Rion se sintió apenado pues pensó que su obra no había sido del agrado de Eda. Pero ella le dijo:

- De tu gran obra, una gran raza ha surgido. Con el poder del fuego, en sus ojos habita la luz de las estrellas y en sus alas el poder de los vientos de Teres. Pero su forma cambiará y serán como tú, a tu imagen y semejanza. Porque tú los creaste.

Así fue como surgió la primera gran raza en Teres, la de los Hombres Dragón. Y si bien seguían siendo tal como Rion los había concebido, enormes dragones alados de fuego en caso de necesidad, su forma habitual era humana. Su piel conservaba el tono dorado y brillante, y el color de sus ojos variaba en tonos amarillos y rojizos. A primera vista se les podía confundir con un Hombre, sino fuera por la ausencia total de vello o barba, ni siquiera pelo. Y al mirarlos a los ojos, se podía percibir que su iris no era redondo sino alargado y vertical, como el de los reptiles. Además, en su forma humana conservaban el tercer párpado, aunque esto era algo que muy pocos llegaban a percibir.

Creados con el poder del aire de Rion, los Hombres Dragón eran en esencia mortales aunque su vida era más larga que la de cualquier mortal, y en muchos casos podían llegar a vivir casi 3000 años y envejecían muy lentamente y de forma apenas perceptible. Sin embargo, cuando se acercaba el momento el Caballero Dragón tomaba su forma de dragón y se alejaba a las montañas más altas, donde finalmente se recostaba y se dormía para siempre.

Se dice que tras el Juicio, aquellos que realmente lo merecen se funden con los grandes vientos de Rion, para sobrevolar y proteger los cielos de Teres tal como éste deseó desde el principio.

Sin embargo, tal como es el destino de todas las razas de Teres, la vida de los Hombres Dragón se completa en Ishana, en la ciudad de Lyrion.

Del Cisma de los Hombres Dragón.

Los Hombres Dragón fueron la primera Gran Raza que habitó Teres, y durante muchos años la única. Así pues, pronto comenzaron a formar pueblos y ciudades sobre todo en zonas montañosas, ya que en su forma de dragón les atraían las grandes alturas y las montañas donde los vientos de Rion podían elevar sus alas.

Sus ciudades eran excavadas mayormente en la propia roca, de forma que se fundían con el entorno pasando casi siempre desapercibidas.

Fueron los Hombres Dragón los primeros en inventar la construcción, y los creadores del Idioma Antigüo, que aunque hoy en día prácticamente ha sido olvidado, es la base para la lengua común de Teres. También fueron los primeros en inventar la escritura, adornando con grabados muchas de sus construcciones.

Pero al mismo tiempo que la sociedad de los Hombres Dragón crecía y se hacía más fuerte, el Mal que se había sembrado en el mundo también lo hacía. Anteon y Alanta no habían estado ociosos, y habían creado su propia fortaleza llamada Rash Losah, al Sur de Athror. Y en cuanto supieron de la llegada de la nueva raza, intentaron persuadir a muchos de ellos, mediante mentiras y engaños, y en ocasiones también por la fuerza.

Cuando Rion supo de esto, tanto él como Eda intentaron mantener la paz entre los Hombres Dragón, hablándoles del Juicio e instándoles a mantenerse fieles a su esencia. Pero también esto lo tergiversaron los Dioses Oscuros, puesto que pronto corrieron rumores acerca de la esclavitud a la que se le sometía hasta que finalmente morían para ser juzgados.

Y fue así como poco a poco, la semilla del Mal se fue extendiendo entre los Hombres Dragón, al principio de forma sutil pero después más abiertamente, hasta que muchos de ellos comenzaron a mudarse al Sur, para vivir junto a los Dioses Oscuros.

Este grupo formaría con el tiempo su propio pueblo, conocido después como “Los Dragones Rebelados” o “Los Dragones Exaltados”.

Pero la separación de aque pueblo sólo fue el principio. Con el tiempo, convertidos ya en dos pueblos separados, comenzaron las disputas entre aquellos que se mantenían fieles a Rion y Eda, frente a aquellos que adoraban a los Dioses Oscuros. Y los primeros enfrentamientos entre dragones sacudieron toda la tierra, y llenaron de inquietud a los Dioses.

Del Despertar de las Grandes Razas: Elfos, Enanos y Hombres

Fue en el auge de aquella inquietud, cuando Teres comenzaba a temblar ante el avance la guerra, cuando despertaron al mundo las otras tres Grandes Razas en el Valle Secreto, llamado Heimni. Se trataba de un valle boscoso, encajado entre los enormes acantilados de Myelen, y atravesado de norte a sur por el río Myas, que caía en cascada desde las montañas hasta formar un pequeño lago de aguas de color esmeralda. Y entre las rocas se oyó por primera vez la voz de los Enanos de Ineo, y junto al lago, los Hombres de Ales sonrieron por primera vez al ver la Luna reflejada. Y entre los árboles, los Elfos de Ireia se maravillaron de la Vida que les rodeaba.

Y fue en aquél momento, en el que despertaron, que la tierra tembló, y muchos de ellos tuvieron miedo, y sintieron inquietud por permanecer en aquél lugar. Y además, la sombra del mal los rodeaba, y no se sentían a salvo en aquellas tierras infestadas de Dragones. Así pues, muchos de ellos siguieron su propio destino, y en un impulso se dirigieron hacia el Este, huyendo de la Sombra y la Oscuridad.

Sin embargo, el despertar de las nuevas razas dio lugar en el Este a una paz dormida. Sobre todo porque los dioses oscuros vieron la posibilidad de lograr nuevamente la división de estas razas, y crear adeptos a su propia causa. Y para ello era más conveniente el sigilo, los rumores y las mentiras. Tal como habían hecho antes con los hijos de Rion.

Pronto los Enanos se expandieron por las montañas, creando sus propios reinos subterráneos. Y por esa misma razón fueron los primeros en cruzarse con los clanes de Hombres Dragón. Y los primeros también en escuchar las historias y rumores, en las que cada uno de ellos echaba al otro la culpa de la guerra.

Los Dragones Exaltados en seguida se irguieron como víctimas inocentes de los Dragones Leales, quienes querían someterlos junto con los Dioses, a una eterna esclavitud. Y contaron como se habían visto obligados a huir de sus casas, y a esconderse, y a luchar por su libertad. “Y los Dioses, añadieron, no tienen otro destino mejor para vosotros.”

Así fue cómo la semilla de la separación prendió en los Enanos, y después se extendió hasta los Hombres. Pero los Elfos, tan cercanos como estaban a Eda, fueron los únicos en los que no dio fruto alguno la mentira. Y si hubo algunos que finalmente fueron corrompidos por los Dioses Oscuros, lo hicieron mediante otras mentiras y estratagemas. Sobre todo, mediante el secuestro, la tortura y el asesinato.

De la Gran Guerra

Así fueron pasando años, siglos, en aquella paz durmiente, mientras las cuatro Grandes Razas crecían, y se expandían por todas las regiones de Teres.

Pero ésta paz sólo podía durar mientras fuera conveniente para los Dioses Oscuros, pues sólo mediante la paz podían crear y armar su ejército, pensando en una gran batalla que expulsara a los Dioses de Teres. Y tanto Alanta y Antion reían, pues pensaban que iban a barrer de un solo golpe toda la creación de Eda y Ades. Y se ufanaban de haber conseguido corromper ya a tantos de aquellas razas, que les servirían por los siglos de los siglos. Y aquellos que no estuvieran de su lado, simplemente debían morir.

Y los Dioses Oscuros utilizaron nuevamente a los Dragones Exaltados para romper la paz. Y enviaron grandes fuerzas durante la noche para atacar la bella ciudad de Eddala, pillando por sorpresa a los Dragones Leales, y convirtiéndose en la Primera Gran Batalla de la Gran Guerra. Es por eso que Eddala se convirtió en leyenda, y hoy hay quien dice que no hubo supervivientes, y que toda la ciudad fue devastada hasta que de ella no quedaron más que cenizas que fueron arrastradas al viento. no fue hasta el día en que los Dragones Exaltados atacaron en grupo la ciudad de Eddala, que comenzó la Primera Guerra, y la más grande de todas las que hasta ahora se han conocido. El cielo se llenó de fuego allí donde los dragones de fuego luchaban a muerte, y muchos de ellos caían desde el cielo ya muertos, envueltos en llamas e incendiando los bosques. Y en los mares los dragones de agua luchaban agitando las aguas, y creando enormes olas que anegaban las costas y las playas. Pero en tierra los dragones también luchaban, socavando las montañas y los desiertos, y la tierra entera temblaba.

Y se dice que fue durante la Primera Guerra, mientras El Mundo entero se agitaba, cuando Elfos, Hombres y Enanos llegaron al mundo en Dannath.

Del Fin de la Primera Guerra y la Marcha de los Dioses

Grande fue el dolor de Rion al ver cómo aquellos que había creado se destruían a sí mismos, y mayor aún fue el de Ades al comprender cuán grande era el mal que había legado al Mundo.

Pero Eda les dijo: “He aquí la esencia misma del Equilibrio. Todo lo Creado ha de tener un final. Y en la misma esencia de la creación está la destrucción. Así ha de ser y así ha sido.”

Sin embargo, los Dioses comprendieron entonces que aquellos a quienes habían creado debían tener la libertad de elegir su propio destino, hasta que el Final les fuera dado. Y por ello abandonaron el Mundo, para regir desde las Estrellas toda su creación. Y desde entonces sólo descendían al Mundo en contadas ocasiones, para inspirar a aquellos que lo solicitaran o que estuvieran perdidos, o para ayudar a alguien secretamente.

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© Susana Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos)

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