La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

20 de abril de 2012

La Asesina

Los gritos aún palpitaban en su cabeza, el eco de unos acontecimientos horribles y nefastos. Siempre se dijo que todo final tiene un principio, y así había ocurrido en las terrosas calles de Kotow. La mente le daba vueltas y se sentía en un vaivén de murmullos opacos y distantes.


Sentada al pie de un árbol, se tapó con la capa que le había robado a su marido antes de huir tan inesperadamente…


Sentía frío. Las gaviotas doloridas partían presto hacia el amanecer, todo para ella ya había acabado…


El cruel desenlace de los acontecimientos había hecho que ella se hubiera planteado partir aquella misma mañana fuera de la ciudad de Kotow, que se arrugaba de la confusión, se sometía a la arrogante destrucción y se sumergía en la vorágine de la barbarie. Cuando trataba de huir, había escuchado unas voces en la tienda del rey.


Aún lo ocurrido palpitaba en su cabeza martilleando su mente, parecía como si lo estuviera viviendo todo en ese momento. 


—Buscadla, debe estar escondida en algún lugar de estos anchos muros, debéis impedir que salga de aquí pues sólo merece… la ejecución—.


Era la voz de Wuup, el lugarteniente del rey, y ella era consciente de que la cabeza a la cual había puesto precio era la suya. En el exterior, el fuego ascendía con fuertes llamaradas arrasando cuánto viera delante de él. Se hallaba arrinconada en una esquina temblando y sin ser consciente totalmente de lo que había pasado. Una vez que había pasado el peligro de ser descubierta fue hasta su alcoba y recogió el poco equipaje que tenía. Entonces lo sintió, unas frías manos en su cuello. En un rápido movimiento, se giró y dio un golpe a su agresor.


Dio un golpe al aire…


Gritó y un agudo dolor le penetró por las costillas. Tan intenso, que el azul del cielo era poco para describir la intensidad de la furia de sus huesos golpeados…


Cuando despertó estaba envuelta en llamas… Sintió los cálidos dedos del fuego avanzar hasta ella. En ese momento se arrepintió de lo que había hecho… se arrepintió de haber asesinado al rey… 


La luz se fue mientras se retorcía de dolor en aquella alcoba de paja. Se apagó su extasiado rostro mientras el baile de la noche cayó al abismo de la tortura. Visitó los rincones menos oscuros de su mente en busca de lámparas o velas para alumbrar la estancia de su corazón. Sollozos intermitentes decoraban el vacío de su silencio y recorrían el desierto de su alma. 


Tembló, no de frío sino de soledad, desesperanza y culpabilidad. Se sentía un despojo, un maltrecho arroyo cubierto de ponzoña negra. Súbitamente todo se había ido para ella, lo único que le quedaba era el recuerdo, tan atormentador que el solo hecho de atraerlo a su memoria hacía llagas en los pasillos de su conciencia.


¿Por qué el amor le había impulsado a aquel vil acto? ¿O más bien la desesperación? ¿O quizás el torbellino del deseo impuro?


Engaño…


Ese oscuro ser, de manos largas y ojos embaucadores habían tentado su anhelante e inocente corazón. Al menos, pensar en él con rabia hacía destapar la usura de su piel. Rojas eran sus manos, llenas de maculado destello, de confiado desarraigo.


¿Qué iba a hacer con su vida ahora? 


Lloro, lloró hasta estallar de dolor. Hubiera deseado haber sido consumida por el fuego abrasador y no liberara por la esencia de su maldad. 


Finalmente se levantó y salió del derruido molino.


Anduvo, caminó toda la noche, en medio del crepitar de las hojas caídas, apartando las ramas que se ponían a su paso.


Mientras, su mano se fue hasta el bolsillo de su capa y sacó un objeto, un hermoso medallón en forma de flor que brillaba por el influjo de la luna. Con lágrimas en los ojos recordó a su padre y a la mujer que le dio aquel objeto.


—Os he defraudado y ya no merezco tener conmigo este objeto. 


Cuando sobran las palabras el silencio es la mejor compañía. Tan extasiada estaba ella deambulando entre aquella extensión de árboles que no se daba cuenta del recelo de la Selva de Maguuma. Curiosamente ese lugar la había visto nacer y quizás por ello había huido hacía las profundades del mismo, después de tantos años sin visitar aquellos árboles. Caminó durante horas sin rumbo fijo, o al menos no había previsto una dirección determinada que en verdad era hacia el sureste. 


Mientras vagaba sin meta alguna, los recuerdos se asomaban al rincón de su mirada mientras se peleaban por conseguir dominar en su pensamiento. Recordó cuando su padre se volvió a enamorar después de que su madre muriera cuando ella nació. Recordó que su madrastra fue como una madre para ella y la quiso. Recordó cuando la enfermedad le volvió a quitar ésa otra madre. En especial sus últimas palabras que ella aún guardaba en su corazón. “Gracias por el amor que me has dado, gracias por haberme querido como una hija a una madre” Su padre murió dos años después cuando una horda de trasgos habían invadido aquel rincón de la Selva.


A su mente llegaban los momentos cuando Wapnir, el rey de Kotow la encontró, una mujer viviendo de forma salvaje. A su mente llegaron los momentos pasados en aquellos muros, su boda con el rey, la cortesía con que había sido tratada. Después vino el engaño, cuando Wuup, el lugarteniente del rey le habló de las amantes de su esposo. Y entonces, galopando al son del viento que empezaba a soplar del norte, llegaron los momentos en los que conoció a Harwtxam, y con el navegó en un lago de fresca inocencia y de sincero amor…




Los recuerdos se detuvieron y lágrimas se derramaron de su rostro. En su retina se instaló una imagen que no tenía intención de marcharse: el cuerpo sin vida de su amado, condenado a muerte por traición al rey. El dolor de esa perdida había sido el arma que la había empujado a la destrucción.


La noche estaba dando paso al amanecer y el silencio transitaba las habitaciones del palacio real cuando ella ejecutó el regicidio aturdida por la desesperación. La mano le temblaba mientras empuñaba la daga, el sudor embriagaba sus sentidos y el corazón le latía con fuerza. Pero a pesar del miedo lo hizo, se vengó de los desprecios de Wapnir y de la muerte de Harwtxam. Horrorizada se quedó paralizada viendo el rostro sin vida del que había sido rey de Kotow. A punto estuvo de ser descubierta por Wuup que inexplicablemente había llegado en ese momento. Consiguió esconderse pero él reconoció su daga. 


—¡La reina Nitzia ha matado al rey! —se gritaba por todo el palacio al tiempo que se extendía la alarma por toda la ciudad sembrando la confusión por sus calles.


Entonces como guiados por una mano invisible llegaron los hombres del sur acompañados por hordas de feroces saurios con garras como dagas y entrenados caballeros. Los hombres de Alianza de Kelthist, en guerra con los hombres de Kotow, embistieron contra la ciudad en el momento más propicio, cuando sus ciudadanos se hallaban buscando a la asesina de su rey y poco atentos estaban a la llegada de enemigos a sus muros. Las hordas enemigas, a cargo del rey Eartan de Nailis, aprovecharon la confusión reinante para golpear con fuerza la majestuosa Kotow. Los saurios derribaron los muros y los caballeros incendiaron las casas y cortaron las cabezas. Muy numerosos eran los enemigos y poco pudieron hacer los defensores en la desorganizada defensa de la ciudad. 


Exhausta, la asesina del último rey de Kotow se había sentado al pie de un árbol. Había condenado a su pueblo. Con los ojos inundados de lágrimas tomó el medallón de su familia y lo apretó con fuerza. Finalmente cerró los ojos deseando que todo acabara para ella, esperando sumergirse en un profundo sueño del que no pudiera despertar jamás.

© Susana Andrea Ocariz y Sergio Sánchez Azor. (Reservados todos los derechos).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Translate