La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

24 de octubre de 2012

Los hombres del Gran Desierto, los Askaramil

¡Salud, viajeros!

¡No nos hemos olvidado de vosotros! Estamos inmersos en la recta final de la escritura de "Sangre de Hermanos", una recta final complicada por otra parte, y habíamos pospuesto la actualización de este blog. No obstante, aquí estamos otra vez para daros a conocer a otro de los pueblos que conviven en el continente de Aranorth junto a los Elfos Nareltha. Son los hombres del desierto, el pueblo Askaramil, gente seminómada que ocupa la gran extensión del desierto de Ma'Dahab, al sur de Elerthe y el Elthalûare. Esperamos que os guste, aunque algunos ya lo conocíais.



Se dice que los Dioses, tras la Última Batalla, dejaron en Erthara algunos Espíritus Elegidos, aquellos que debían guiar a sus Hijos en su camino, y debían guardar así mismo los más preciados tesoros de Erthara.
Entre ellos se encontraba Ramel'el, la Hija del Desierto. Ella era la guardiana de los Vastral, los Oasis del Desierto. La doncella que guardaba y equilibraba la vida allí donde parecía imposible que nada pudiera vivir. Era su voz la que encantaba a las nubes para que derramaran su preciado tesoro de vida sobre el Desierto, de forma que éste pudiera renovarse y vivir.

Según cuentan los Hombres del Desierto, que se llaman a sí mismos en su lengua Alskaramil, "Amantes del Desierto", después de ver la luz en el Valle Secreto muchos de ellos emprendieron un largo viaje a lo largo de la tierra. Inquietos, sintieron en su interior la voz de su padre, Ales, Dios del Mar, que les llamaba desde las costas donde rompían las olas.

Por aquel entonces Erthara estaba formada por un único continente, y cuando se pusieron en marcha la costa estaba lejos, demasiado lejos. Así, lentamente pero de forma constante, los pueblos de los Hombres se fueron alejando de Heimmi, encaminándose hacia el Este. A su paso dejaron atrás muchos pueblos, a orillas de los ríos o de los lagos, y se fueron formando ciudades de Hombres que no llegarían a concluir el viaje.

El mundo cambió, y la Gran Guerra separó los continentes. El mar que los llamaba anegó las tierras, separándolos de los hermanos que habían quedado atrás. Pero para muchos de ellos la búsqueda había concluido. Habían llegado el mar, o el mar había llegado a ellos, y eso era todo lo que deseaban.

Pero más allá de la costa oeste se hallaba el Desierto de Ma'dahab. Algunos, deseando cumplir con el destino que habitaba sus corazones, decidieron seguir adelante a pesar de todo. Entre ellos se encontraba Vast, un joven pastor de cabras que seguía con su rebaño los pasos de su pueblo.

Una noche Vast se encontraba observando las estrellas cuando se dio cuenta de que en el horizonte brillaba un extraño destello verde. Al principio creyó que se trataba de su imaginación, y se frotó los ojos pensando que contemplando la belleza de las estrellas se había quedado dormido. Pero cuando volvió a mirar, aquel destello seguía danzando en el horizonte. Y se preguntó qué originaría aquella hermosa luz verde. Y si podría encontrarla. Pero antes de que pudiera ponerse en marcha, la luz desapareció.

Durante las siguientes noches Vast permaneció en vela bajo las estrellas, esperando volver a ver el destello verde. Pero nada ocurrió, hasta que por fin, siete noches después, volvió a verlo, más cerca que la vez anterior. Tan cerca que, sin pensárselo dos veces, se adentró en el desierto en su busca.

No tuvo que buscar mucho su origen. Entre colinas de arena encontró para su asombro un paraíso verde de árboles y flores, entorno a un lago de aguas cristalinas. En la orilla, entre juncos y nenúfares, danzaba la doncella más hermosa que sus ojos hubieran contemplado nunca. Sus largos cabellos eran negros como la noche estrellada, y su piel era del color de la arena tostada. Ella de pronto se sintió observada y se volvió para mirarlo. Sus ojos eran verdes, como las brillantes aguas del Oasis. Del mismo color que el destello que el iba siguiendo. La doncella al principio le miró con curiosidad y asombro, pero luego sonrió, y le invitó a acercarse con un gesto.

Fue así como Vast encontró a Ramel'el, la Hija del Desierto. Y ambos se amaron desde el primer momento. Esa misma noche Vast la convenció para que volviera con él y conociera a su pueblo, y ella accedió.
Cuando regresó, el pueblo de Vast quedó asombrado por la belleza de la joven, y ella les mostró entonces parte de su poder. Les enseñó cada rincón del desierto, todos sus secretos, y la magia y la belleza que había en él. El pueblo de Vast adoró entonces a la joven de cabellos negros, la Hija del Desierto y de la Diosa.
Y cuando Vast y ella se desposaron, fueron elegidos para gobernar al pueblo. Y ambos los guiaron a través de los Vastral, estableciendo allí ciudades. Y muchos otros se expandieron por el desierto, como Nómadas entre las arenas y las ciudades que lo formaban.

Pero Vast y Ramel'el tuvieron una gran descendencia, que se mezcló con el pueblo. Y ellos fueron llamados los Padres de los Alskaramil.

Hasta que un día, por su naturaleza humana, le llegó a Vast el momento de morir, y de viajar a Ishana. Ya era anciano, pero Ramel'el apenas había cambiado. Y cuando su amado murió, Ramel'el lloró durante dos lunas, y durante dos lunas llovió en el desierto. Pero finalmente acudió a ella la Diosa, y le pidió que le dejara regresar a Ishana para así reencontrarse con aquel a quien amaba. Pero Eda le preguntó quién cuidaría del desierto y de sus misterios, y de los seres que lo habitaban. Y Ramel'el sonrió, y le mostró a su pueblo, diciéndole a la Diosa: "Ante tí tienes todo un pueblo de guardianes". Y Eda se sintió complacida, por lo que le concedió lo que le pedía.

El reino más importante de los Alskaramil es An'garth, aunque los Nómadas del Desierto controlan la totalidad de Ma'dahab, incluyendo las ciudades de Thertan y Nirent.

1 de octubre de 2012

Kakdam, los Enanos de Angennel

¡Salud, viajeros!

Hace unos días os hablábamos de que íbamos a iniciar un viaje para conocer más en profundidad a los pueblos de Aranorth, el continente más oriental de Erthara. Hoy os vamos a hablar algo más de la raza de los enanos y, en concreto, del pueblo enano que habita las Montañas Blancas o Angennel. Aunque ya os hablamos en una entrada anterior de la enemistad de los Enanos de Angennel y los Nareltha.


De baja estatura, poco más de un metro, pero robustos y fuertes, de largas barbas y cuerpo velludo, incluso en las féminas. De rostros rojizos y ojos pequeños. Rubios, morenos, pelirrojos, llevan largas barbas y largos cabellos trenzados. Al igual que los Hombres, envejecen con el paso del tiempo hasta la muerte, aunque suelen vivir al menos hasta los 1.000 años. Tras el Juicio, tal y como dicta el destino de todas las razas de Erthara, el alma viaja a Ishana, la Estrella de los Dioses.

Su carácter y su físico son fuertes, duros como rocas. No les gustan los cambios ni los extranjeros, sea cual sea su raza. Son recelosos incluso entre las diferentes tribus de Enanos.

Cuando entran en confianza se puede descubrir su naturaleza más noble, si es que la tienen. Tienen un elevado sentido de la lealtad, tanto en lo bueno como en lo malo. Tampoco olvidan nunca una afrenta. Pasan rápidamente de la alegría más intensa a la ir más incontrolable, y viceversa.

Más dados a los trabajos manuales que a cualquier tipo de actividad intelectual, no obstante, tienen una gran inteligencia y agudeza.

La mujer Enana, a excepción de la Reina Consorte, no participa activamente en las relaciones políticas o de poder, aunque son capaces de realizar las mismas tareas que los Enanos. No participan en la guerra, pero son consideradas como "El Último Bastión" de la tribu, pues sólo entrarían en batalla si tuvieran que defender sus casas y su descendencia, cuando el Ejército de su Tribu hubiera sido derrotado y diezmado.

Sobre el origen de los enanos se cuentan muchas historias aunque todas tienen algo en común, la leyenda de Gadur el Rojo. Según cuenta esta leyenda, la sangre de los mismos dioses corre por la venas de los Reyes Enanos desde el Primero al último.

Fue en el origen de los tiempos, cuando Elfos, Hombres y Enanos despertaron en lo que hoy se conoce como la Tierra de los Dragones, el actual continente de Alerthe. Sin embargo, por aquel entonces Erthara todavía no había cambiado, y estaba formada por un único gran continente. Allí, en el Valle Secreto de Heimmi, las primeras razas vieron la luz del Sol por primera vez, durante la Primera Guerra de los Dragones.
Durante algún tiempo se dedicaron simplemente a descubrir el mundo que les rodeaba, Erthara. Y los Enanos en seguida se sintieron atraídos por las piedras, las montañas y las minas profundas. Hacia allí se dirigieron los primeros Enanos, deleitándose con cada una de las gemas que encontraban, con cada piedra, y cada nuevo metal.

Y según la leyenda, fue entonces cuando uno de los Enanos más jóvenes, conocido como Gadur el Rojo, desapareció. Muchos le vieron descender a través de los pasadizos oscuros que conducían a una mina especialmente profunda. Ninguno le vio volver.

Algunos dijeron que quizás había caído en el Abismo, otros en cambio pensaron que había sido atrapado por los Dragones de Tierra de las profundidades. Finalmente, se perdió la esperanza, y muchos lloraron por Gadur el Rojo.

Sin embargo, cuando ya eran pocos los que se acordaban de él, Gadur regresó por la misma sima por la que había desaparecido. Cien años habían pasado, pero el paso del tiempo no lo había tocado. El pueblo de los Enanos lo miró asombrado. Sus cabellos rojos estaban ceñidos por una corona de oro en forma de yelmo, engastada de esmeraldas, diamantes y rubíes. En la mano derecha llevaba una gran maza de hierro, y en la izquierda sostenía una copa de plata y diamante, que contenía un espeso líquido rojo.

Así fue reconocido el Primer Rey, Gadur el Rojo. Y se dice que en sus venas corría la mismísima sangre de Ineo, Dios de la Forja y de la Fragua. El Yelmo Dorado fue desde entonces símbolo de la Casa del Rey, así como la Gran Maza, la Indestructible, pues se decía que en manos del Rey era liviana como una pluma, pero su golpe era letal y destructor como el mismo martillo de Ineo. Y la Copa de Edea, Diosa de la Tierra, que transmite la Sangre Real al Heredero.

Como habréis deducido, actualmente, cada una de las tribus de Enanos existentes en Erthara, se dicen ser los auténticos descendientes de Gadur el Rojo. Una réplica de la Copa de Edea se encuentra en cada uno de los Altos Salones de los distintos reyes Enanos protegida por los Diez Señores Enanos de la Gran Maza. La tribu de los Enanos de Angennel afirman, como el resto de tribus, que su réplica es la auténtica.

Los Stinthar es el nombre que recibieron los enanos de Angennel por parte de los Nareltha. El gran Continente se había roto cuando esta tribu se instaló en el interior de las altas y nevadas Montañas Blancas. Allí socavaron el interior de la montaña y crearon una gran maravilla arquitectónica, Zirak Ferakdûm (la Blanca Morada de las Mil Salas). Y, desde allí, ajenos al mundo, los Enanos de Angennel, que se llaman así mismos Kakdam, siguen defendiendo celosamente sus secretos y la valiosa piedra blanca. 


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