La Creación

Y primero la Vida despertó, y dijo: "He aquí el lugar donde he de crear". Y al volver el rostro observó a su hermano, la Muerte. Y él le respondió: "Pero todo lo creado ha de tener un final"

Mapas de Erthara

De los archivos de la Biblioteca de las Mil Torres de Erein. 



Mapa de Aranorth en el año 1412 de la Tercera Era 




Mapa de Elerthe en el año 1412 de la Tercera Era





Elerthe es el país de los elfos nareltha. Se halla en el extremo este de Aranorth occidental. Posee dos aglomeraciones urbanas: Aleneltê, la capital, y Thyrent, la fortaleza de instrucción militar donde los narelântar realizan el Narwälome. La escarpada cordillera de Angennel se alza sobre Alenelte se extienden desde el oeste.

Fuera de las fronteras del país se hallan otras aglomeraciones urbanas; por ejemplo, Zirak Ferakdum, la ciudad de los enanos; Nyrent, una ciudad humana ubicada cerca de la desembocadura del mar Escarlata donde éste se une al mar Sol de Plata; y en el extremo oeste del mar Escarlata se halla Erein, una ciudad donde conviven elfos, enanos y humanos. 






Mapa de Aleneltê en el año 1412 de la Tercera Era


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Leyenda:

  1. Puerta de Elerthe y Estatua de Ades
  2. Zona de armerías y aduana.
  3. Taraika, calle principal.
  4. Zona de comercios de artesanía.
  5. Zona de comercios de alimentación.
  6. Estatua de Eda.
  7. Puerta de Ireia.
  8. Estatua del Equilibrio.
  9. Edificios del Nyaze y la Asamblea.
  10. Academia
  11. Biblioteca.
  12. Casa de la moneda y del comercio.
  13. Cuartel General del Ejército
  14. Templo de Eda.
  15. Termas
  16. Casas nobles tanto de los Nare como de los Eltha
  17. Barrios mixtos
  18. Mercado
  19. Barrios Elthalântar
  20. Barrios Narelântar
  21. Barrios Magar (mixtos)
  22. Arboleda Sagrada
  23. El Puerto
  24. Puerta del Puerto
  25. Segunda puerta del puerto


Aleneltê. La Ciudad de la Sombra Blanca. Enclavada entre las majestuosas y escarpadas paredes de piedra de Angennel, las Montañas Blancas, era una ciudad milenaria fundada más de 7000 años atrás, en el año 6404 de las Eras de la Piedra, al amparo de las blancas cumbres del norte. Una joya engastada entre piedras cubiertas de musgo verde, y parecía surgir de las mismas entrañas de las montañas, extendiéndose hacia el este, hasta los verdes campos del Valle de Narbâs y hacia el sur hasta la orilla del Mar Escarlata, donde se hallaba el puerto de la ciudad. Aquella tierra había sido el hogar de los elfos Nareltha desde el momento en que alcanzaron las verdes tierras de Elerthe, tierra de extensas praderas y frondosos bosques.

Dos torres gemelas franqueaban la Puerta de Elerthe que daba acceso a la ciudad, torres que se cerraban a ambos lados de la muralla con dos colosales portones de cedro y hierro envejecido. Avanzaron sobre la calle principal, formada por pequeñas losetas cuadradas de pizarra de colores, creando intrincados dibujos geométricos en blanco, negro, rojo y gris. Era el desgaste de las piedras a ambos lados de la larga avenida el que señalaba la importancia de la misma, debido al constante ir y venir de carros y carruajes, y de viajeros y comerciantes.

Las casas de Aleneltê parecían surgir como si fueran rocas de la propia montaña, todas ellas blancas, rodeadas de plazas ajardinadas y muchas de ellas cubiertas con hermosos jardines colgantes. La mayoría de ellas estaban construidas en piedra. Pero la piedra blanca de Angennel, o nulya, era un material costoso por su calidad, ya que poseía una gran dureza y jamás perdía su color, por lo que no estaba al alcance de todos sus habitantes. Así pues, sólo las casas más acaudaladas y los edificios oficiales estaban construidos por entero por esa preciada piedra. Otras muchas en cambio se habían construido con otros materiales, ya fueran ladrillos de adobe u otro tipo de piedra, y se habían cubierto con estucado blanco, para después decorarlas con nulya en la base. Eran casas cuadradas, de una o dos plantas, con ventanas en forma de arco, y que en algunas casos parecían amontonarse unas sobre otras.

Los tejados eran en su mayoría lisos, de pizarra blanca, y caían a dos aguas hacia los lados, aunque también se había extendido el uso de azoteas y terrazas. De éstas surgían los jardines colgantes, formados por arbustos y plantas trepadoras que descendían y cubrían las casas blancas. Ojos de agua, cuyas flores de un color violeta claro desprendían un delicado aroma a almendras, y que se mezclaba con el aroma característico, fresco y especiado, de las verbenas blancas y azules, y de las flores de duende, con sus apretados ramilletes de colores amarillos, rojos y naranjas. Se notaba también un intenso aroma a jazmín, con sus hojas grandes y brillantes, salpicadas de pequeños ramilletes de flores blancas. Las flores de nácar, también llamadas flores de cera, se extendían por casi todas las casas con sus ramilletes de flores carnosas de color rosa pálido, con el centro rojo, y que parecían hechas de porcelana. Se abrían por la noche y era entonces cuando emitían su olor dulzón y embriagador. Tapices de lobelias de color azul violáceo cubrían paredes enteras con una profusión salvaje de flores que parecía cubrir todo el manto verde que las sostenía, acompañadas de verdaderas cascadas de campanillas blancas. En las azoteas, entre hojas de oro viejo con sus tonalidades de oro y bronce, predominaban los rosales, con rosas cálidas como de terciopelo, y de un rojo oscuro casi negro, como si fueran de sangre; y también los tallos cubiertos con pequeños bulbos rojos de las pimpinelas sangrientas. También había gran cantidad de arbustos frutales, frambuesos, groselleros y avellanos de Tensell.

Nada más atravesar las murallas se alzaban algunos edificios militares, cuarteles, caballerizas, armerías, y otros edificios administrativos. Estaban algo apartados del conjunto de la ciudad, rodeados de plazas ajardinadas con esbeltos cipreses y cedros de sabina, altos abedules, mimosas de baile con hermosas hojas de plata y flores amarillas con olor a violetas en invierno, cedros azules, pinos de fuego, de hojas grises y flores de oro, abetos y picaceas azules, y árboles sagrados. Y entre los jardines y arboledas ascendía la calle principal, Târaika. Justo en el centro de la plaza se alzaba una gran estatua de mármol representando a Ades, Dios de la Muerte, hermano de Eda. Un pedestal formado por una sola columna estriada sostenía el trono tallado con intrincados grabados. Y en él se hallaba la figura sentada del Dios, con la mano derecha alzada sosteniendo la Balanza del Destino, símbolo del equilibrio, y la mano izquierda descansando sobre la empuñadura la Espada de la Muerte, que se mantenía de pie sobre la punta del filo.

Después, Târaika se internaba hacia el oeste flanqueada por los mejores comercios de la ciudad, en su mayoría bellos locales, cuyas puertas tenían arcos ojivales y lobulados, decoradas con bajorrelieves y motivos florales, y ventanales con celosías de piedra a ambos lados. Allí se vendían las mejores telas, perfumes, joyas, y exquisitos alimentos provenientes de los lugares más remotos de Aranorth. Alfareros y ceramistas, carpinteros, herreros, costureros, hilanderos, armeros, vidrieros, alfombreros, todos ellos habían abierto sus locales hacia la izquierda de la ciudad. Hacia la derecha, pequeños comercios, sobre todo dedicados al sector de la alimentación. La calle de los panaderos y pasteleros destacaba por su aroma a pan crujiente y bizcocho caliente, bollos de crema y pluma dulce, nata y chocolate. Un poco más arriba, la calle de los mieleros, cuyas tiendas estaban llenas de enormes tarros de cristal llenos de miel de colores y sabores diferentes, sobre todo de miel de azahar y miel de romero. La zona de los especieros se mezclaba con la de los herboristas, así como el aroma entre dulce y picante que se desprendía de ellas, vainilla, nuez moscada, pimienta, azafrán, clavo.

Más hacia la derecha se hallaba uno de los poco barrios mixtos de la ciudad, donde aún vivían familias elthalântar y narelântar y, en cuyo centro, se erigía una de las fuentes más hermosas de Aleneltê, coronada por una imagen de Eda, Diosa de la Vida. La figura de la Diosa estaba hecha de bronce, así como la del león que descansaba a sus pies, pero la esfera que representaba Erthara, la Tierra, era de ámbar pulido. Bajo la Diosa y el León, un manto de campanillas rojas y hojas verdes caían en cascada sobre una columna de mármol negro, de la que surgían cuatro caños que vertían el agua sobre la base cuadrada de la fuente, tallada con intrincados motivos geométricos. Era ésta la fuente que daba nombre a la plaza central de Aleneltê, la Edaseba.

Internándose en la ciudad, y siguiendo Târaika hacia las montañas, la ciudad se expandía, aumentando la calidad de sus casas y edificios a medida que se acercaba al Segundo Círculo de Murallas y a la gran Puerta Azul de Ishana, que daba paso a la ciudadela, la zona más protegida de la ciudad. La Puerta estaba compuesta por dos torres almenadas, y un arco ojival entre ellas, cerrado por un portón de ébano tallado rematado por tacos de hierro forjado, ante el cual había una guardia permanente que lo custodiaba día y noche. Y si bien las Segundas Murallas estaban hechas por grandes bloques de piedra nulya, tanto las dos torres como el arco de la Puerta de Ishana estaban revestidos por cientos de brillantes ladrillos vidriados de color azul intenso, ribeteados por otros más pequeños, de plata y oro, y dispuestos formando soles, estrellas y lunas.

A partir de allí se formaba la Ciudadela de Hikkanâ, La Inconquistable, donde se erigían los edificios políticos y militares más importantes de Elerthe, así como las grandes mansiones de los más nobles Nare y Eltha.
Nada más atravesar la Puerta Azul se abría una gran plaza ajardinada, la Plaza del Equilibrio, con fuentes y pequeños canales de agua que corrían entre hermosos robles y abedules, con árboles de hojas de plata y oro, presidida por una gigantesca estatua de marfil que representaba un roble milenario tallado al detalle, con hojas revestidas de finísimas láminas de oro. En su tronco se podía vislumbrar el rostro severo pero a la vez afable de Earalava, el espíritu de Eda guardián de los Onnar de los Nareltha. A los pies del árbol de piedra, descansaba la también impresionante talla en marfil de un majestuoso león, con la melena y los ojos de oro, símbolo de Eda. El conjunto representaba el Equilibrio otorgado por Eda en los albores de la historia Nareltha. Alrededor de aquella estatua se hallaban los distintos edificios administrativos y de gobierno como eran los edificios del Nyaze, el Consejo de Gobierno, y la Asamblea, la Academia, la Biblioteca y el Templo de Eda, además de la Casas de la Moneda y el Cuartel General del Ejército. Junto a la montaña, se abrían adentrándose entre cuevas precedidas por una fachada tallada en la misma piedra, los baños de agua caliente termal.

Y dejando atrás la zona administrativa, hacia la derecha de la Plaza del Equilibrio,  varias avenidas arboladas se abrían paso entre las mansiones de los más altos cargos de la ciudad y de la mayor parte de los nobles, donde todavía convivían Eltha y Nare.

Mientras que en una esquina, al pie de la montaña, se hallaba una pequeña arboleda, la Arboleda Sagrada. Y tras ella se encontraba un sendero escondido y escarpado que se elevaba a través de la blanca piedra de Angennel, y ascendía hasta la gran explanada llamada Nyale, Sombra de Luna, donde se alzaba la colina de Hysenye, envuelta en niebla, la cual protegía el Aya, el lugar donde se hallaban escondido el Templete de las Espadas. Allí también se encontraba la Casa de los Guardianes de las Espadas, así como una de las fábricas de material militar más importantes para los Nare.

El resto de la ciudad se hallaba dividida entre los Barrios Elthalântar y los Barrios de los Narelântar, separados ambas zonas por el gran Mercado de la ciudad, alrededor del cual se hallaban algunas de las tabernas y posadas más famosas de la ciudad.


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